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¿De quién es la inteligencia artificial? Escribe Enrique Dans, en su Página del 24.06.2026

“Mi columna de esta semana en Invertia se titula «La gran privatización de lo común» ( pdf ), y trata
sobre una cuestión que creo que va a estar cada vez más en el centro de la discusión económica y
política sobre la inteligencia artificial: qué parte de lo que hoy llamamos propiedad privada fue, en
realidad, construido sobre bienes comunes, investigación pública, infraestructuras financiadas por todos y conocimiento generado por millones de personas.

La columna parte, en parte, de una reflexión que publiqué hace unos días sobre la posibilidad de que la inteligencia artificial tuviera accionistas ciudadanos, a partir de la propuesta de Bernie Sanders de crear un fondo soberano estadounidense de inteligencia artificial mediante una participación pública obligatoria en las grandes compañías del sector. La propuesta tiene todos los ingredientes para provocar reacciones airadas: toca la propiedad, habla de participación pública en empresas privadas, cuestiona la captura del valor por parte de Silicon Valley y se formula, además, en términos deliberadamente contundentes. Pero más allá de sus detalles concretos, que son obviamente discutibles, me parece que plantea una pregunta fundamental: si la inteligencia artificial se ha construido sobre recursos comunes, ¿por qué sus beneficios extraordinarios deberían quedarse exclusivamente en manos privadas?

La idea no es nueva si la miramos desde la perspectiva de los recursos naturales. El fondo soberano
noruego, gestionado por  Norges Bank Investment Management , parte precisamente de la idea de que
los ingresos procedentes del petróleo y el gas, recursos que estaban ahí antes que ninguna empresa los
extrajera, deben convertirse en riqueza para generaciones presentes y futuras. Alaska, con su
Permanent Fund, aplica una lógica similar, aunque a otra escala. La pregunta incómoda es por qué
aceptamos con relativa facilidad esa lógica cuando hablamos de petróleo, pero nos cuesta tanto aplicarla a una tecnología como la inteligencia artificial, cuya materia prima no está bajo tierra, sino en nuestras conversaciones, nuestros textos, nuestras imágenes, nuestro código, nuestros repositorios,
nuestras publicaciones científicas y nuestra cultura compartida.

El argumento resulta todavía más relevante cuando se observa desde la economía. El informe del Fondo Monetario Internacional sobre inteligencia artificial generativa y futuro del trabajo advierte de efectos potenciales muy profundos sobre empleo, productividad y desigualdad. Daron Acemoglu, en
su paper del NBER «The Simple Macroeconomics of AI«, introduce una dosis necesaria de prudencia
frente a las promesas desmesuradas de productividad, pero también señala que la inteligencia artificial puede ensanchar la distancia entre rentas del capital y rentas del trabajo. Y Brookings, en un artículo de  Anton Korinek  y Lee M. Lockwood sobre política fiscal en la era de la inteligencia artificial, plantea precisamente la necesidad de repensar sistemas tributarios diseñados para economías en las que el trabajo humano era mucho más central en la generación de valor.

La discusión, por tanto, no va de «socialismo» frente a «mercado», ni de nacionalizar empresas
tecnológicas, ni de poner burócratas a dirigir laboratorios de inteligencia artificial. Esa caricatura
maximalista y directamente estúpida únicamente sirve para no llegar a discutir nada. La cuestión real es mucho más interesante: cómo diseñar instituciones capaces de permitir la innovación privada y, al
mismo tiempo, evitar que unas pocas compañías capturen de manera irreversible rentas extraordinarias generadas a partir de recursos colectivos. SEGUIR LEYENDO

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