IA y empleo: quién gana y quién pierde en Iberoamérica. SEGIB, 30.06.2026
Más allá de la creación de nuevos puestos de trabajo y destrucción de otros muchos, el avance
tecnológico que trae consigo, la IA amenaza con ensanchar la distancia entre los profesionales
adaptados y protegidos, y los sectores vulnerables que quedan al margen.
Mientras una abogada en Madrid resume documentos complejos con cualquiera de los
modelos de IA en cuestión de segundos, un agricultor en Honduras nunca ha interactuado con
una herramienta de inteligencia artificial. Son realidades que forman parte del mismo mercado
laboral iberoamericano, un ecosistema que se transforma a una velocidad sin precedentes.
Informes recientes del Índice Latinoamericano de Inteligencia Artificial (ILIA) muestran
el avance desigual de la región. Es por ello que la urgencia hoy ya no radica en descifrar si la
tecnología modificará los empleos, sino en determinar quiénes capitalizarán este avance y
quiénes corren el riesgo de quedar estructuralmente excluidos.
La IA transformará más empleos de los que eliminará
Frente a las narrativas que auguran un reemplazo absoluto de la fuerza de trabajo humana por
máquinas, los datos institucionales ofrecen un panorama más matizado. Javier Barbero,
especialista de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), señala que el impacto principal
de estas herramientas operará sobre las tareas específicas y no sobre las plazas de empleo en
su totalidad.
De acuerdo con las estimaciones de la OIT, entre el 26% y el 38% de los empleos en América
Latina y el Caribe están expuestos a la IA generativa. Sin embargo, los datos indican que solo
entre el 2% y el 5% de los puestos presenta un riesgo de automatización completa. En
contraste, entre el 8% y el 14% de las ocupaciones
podría incrementar su productividad mediante su uso. «La OIT señala expresamente que es
más probable que la IA generativa complemente y transforme el trabajo que sustituya
completamente a los trabajadores», explica el experto.
No obstante, esta transición no afectará a todos por igual. Los análisis del organismo
internacional identifican una mayor exposición en trabajadores urbanos, formales, con mayor nivel educativo y de ingresos relativamente altos, un perfil predominantemente
desempeñado por mujeres y trabajadores jóvenes. Sectores como los servicios financieros, la
banca, los seguros y la administración pública registran un mayor riesgo de automatización. En
el extremo opuesto, áreas como la educación, la salud y los servicios profesionales presentan
un mayor potencial para que la tecnología complemente, en lugar de sustituir, las funciones
humanas.
»La inteligencia aplicada tiende a coste marginal cero. El conocimiento deja de ser
escaso, aseveran los expertos
El gran peligro de saber pedir pero no hacer
Esta dinámica introduce un cambio profundo en la distribución del poder dentro del entorno
laboral. Históricamente, el manejo del lenguaje técnico y especializado funcionaba como un
mecanismo de control y estatus. El filósofo y filólogo David Fernández Vítores, autor de El
último salario (2026), explica que la tecnología rompe este esquema: «Por primera vez en la
historia, la inteligencia aplicada tiende a coste marginal cero. El conocimiento deja de ser
escaso. Y cuando un recurso deja de ser escaso, deja de conferir poder a quien lo posee. Es
decir, el conocimiento está perdiendo valor».
La democratización del lenguaje especializado mediante sistemas de IA permite que un usuario
sin formación técnica redacte textos jurídicos o médicos complejos, pero a su vez devalúa esa
destreza como credencial profesional. «El lenguaje deja de ser un certificado de saber para
convertirse en una interfaz de acceso», advierte Fernández Vítores, quien alerta sobre el riesgo
de construir una generación delegativa: «Si esa función la delegamos en una máquina, no solo
perdemos una competencia laboral: perdemos un mecanismo de construcción de identidad y
de pensamiento crítico. El peligro es que construyamos una generación que sepa pedir muy
bien pero que haya perdido la capacidad de hacer».
La infraestructura como primera frontera
El principal obstáculo para que los beneficios de la inteligencia artificial lleguen de forma
equitativa a toda Iberoamérica sigue siendo la falta de infraestructuras básicas. Conviene
recordar la brecha de partida: en América Latina más de 244 millones de personas, cifra que
conforma el 32% de la población, no tienen acceso adecuado a la conectividad, lo que tensiona
cualquier discurso sobre IA y empleo si no se habla también de inclusión digital básica.
Fernández Vítores es claro sobre el impacto de esta dinámica global: “La brecha digital ya
existía antes de la IA, y la IA la va a multiplicar. Países enteros pueden quedar
estructuralmente fuera de una economía que ya no los necesita ni siquiera como mano de
obra barata, porque la mano de obra barata también se automatiza”.
Los informes de la OIT reflejan que hasta la mitad de los empleos que podrían beneficiarse de
incrementos de productividad mediante IA no podrán aprovechar ese potencial debido a las
limitaciones de acceso a internet, infraestructura digital y tecnologías. Hablamos de
aproximadamente 17 millones de puestos de trabajo, equivalente a toda la población ocupada
de Chile. Las variables del Panorama Laboral de la OIT constatan que las elevadas tasas de
informalidad y las desigualdades de género vigentes en la región bloquean un reparto
equitativo de la innovación.
Frente a este escenario de exclusión, la arquitectura normativa regional busca establecer
cortafuegos. La Carta Iberoamericana de Derechos Digitales, adoptada en Santo Domingo en
el 2023, recoge 58 compromisos para garantizar que la digitalización respete los derechos
fundamentales y fomente un desarrollo inclusivo. Este marco conecta directamente la IA con
el empleo para que la transformación tecnológica implique una verdadera reforma de las
economías. El objetivo es asegurar el acceso al trabajo, la participación de los
profesionales, con un foco prioritario en los grupos más vulnerados y atendiendo a la
desconcentración territorial.
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